La productividad aparente del trabajo y el empleo


En una entrada anterior decía que los cocientes económicos son como matrioskas, que albergan en su interior otros cocientes en los que se puede descomponer el primero. Especial relevancia entre los cocientes económicos tiene el PIB per cápita o PIB por persona, resultado de dividir el PIB entre el número de habitantes. Pues bien, una importante decomposición del PIB per cápita es la que resulta de multiplicar al numerador y al denominador de ese cociente por el número de personas empleadas. Como resultado podemos entender el PIB per cápita como producto de dos cocientes: el cociente resultante de dividir el PIB entre el número de empleados (denominado productividad aparente del trabajo) y el cociente representativo del porcentaje de la población que trabaja (empleo per cápita). En esta entrada trataré de explicar por qué es tan interesante esta descomposición del producto interior bruto per cápita en el producto de dos factores.

Una de las razones del interés de descomponer una variable en el producto de dos variables es que una muy buena aproximación de su tasa de crecimiento es la suma de las tasas de crecimiento de las variables en cuyo producto se descompone. En este caso podemos decir que el crecimiento económico (la tasa de crecimiento del PIB per cápita) se puede aproximar como la suma de las tasas de crecimiento de la productividad aparente del trabajo y del empleo per cápita. Encontramos dos vías de crecimiento, el crecimiento del empleo y el crecimiento de la productividad. Sin embargo, la productividad y el empleo están muy relacionados.

La productividad aparente del trabajo depende del número de personas que trabajen. Lo normal en una economía es que los primeros puestos de trabajo que se cubran sean aquellos más productivos y que sean los últimos en destruirse. Por ello, en procesos de destrucción de empleo suele ser habitual que la productividad aparente del trabajo aumente.¡Ojo!, con eso no quiero decir que que siempre los primeros trabajadores en ser despedidos sean aquellos que sean estén menos motivados, se esfuercen menos, sean menos inteligentes, tengan un menor nivel de formación, etc. Eso sucederá si el empresario es capaz de distinguir cuáles son sus mejores empleados, lo que no siempre es sencillo, y tiene la capacidad para despedirlos. Muchas veces no es así, porque los costes de despidos pueden diferir entre distintos trabajadores, por ejemplo. Además puede haber razones que hagan que determinados trabajadores tengan menor probabilidad de despido. Por ejemplo, en una empresa familiar suele ser menos probable que despidan a un miembro de la familia que a otro trabajador, aun en los casos en que esté menos capacitado.  En segundo lugar no conviene confundir capacitación y esfuerzo del trabajador con productividad. Una cuestión muy importante es que estamos hablando de valor de la productividad, es decir, que no solamente se trata de lo que físicamente produce un trabajador, sino también de lo que vale lo que produce. Por ejemplo, puede haber un trabajador muy capacitado para su trabajo y muy esforzado que pierde su trabajo porque no hay demanda. En una crisis hay actividades completas que prácticamente desaparecen. Lógicamente perviven más puestos de trabajo en las actividades en las que menos cae la demanda. Además, influye mucho la dotación de capital por trabajador. Cuando en una empresa hay una crisis importante puede tener que deshacerse de activos de los que no le gustaría desprenderse pero tiene que reducir el tamaño de la empresa para poder satisfacer deudas. Con menos activos hay menos actividades y la empresa necesita menos trabajadores. Normalmente la empresa se quedará con los activos más esenciales con lo que los trabajadores que queden serán más productivos en media por el hecho de que lo que ha quedado es, por decirlo así, la parte más viable de la empresa.

También el empleo depende de la productividad aparente del trabajo. Muchos procesos económicos tienden a una cierta autorregulación. Por paradójico que parezca la propia destrucción de empleo puede llevar a que en algún momento se cree empleo. La destrucción de empleo puede llevar, como he comentado, a que se incremente la productividad. Si los salarios crecen menos de lo que lo hace la productividad, la economía gana competitividad y atrae creación de empleo. Pero ese, obviamente, no es ese el camino para la creación de empleo. La demanda de trabajo que realizan las empresas está muy relacionada con la productividad del trabajo. Así, por ejemplo, las empresas que se enfrentan a competencia perfecta tanto en la contratación de sus trabajadores como en la venta de sus productos contratarán trabajadores hasta que el valor de la producción que añade el último trabajador contratado sea igual al salario. En otras situaciones que difieren de la de la competencia perfecta sucede lo mismo: las empresas contratan más si el valor de la productividad de los trabajadores es mayor. Además el incremento del empleo asociado a un mayor valor de la productividad de los trabajadores va asociado a dos importantes consecuencias. En primer lugar, si ese fenómeno se produce en el conjunto de la economía, el resultado es un importante crecimiento económico, porque se suman el crecimiento de la productividad y el del empleo. En segundo lugar, además de crecer el empleo lo hace con mayores salarios, debido al incremento de la demanda de trabajo. El incremento de la demanda de trabajo supone que para cada salario las empresas están dispuestas a contratar más empleados, o visto de otra manera, que para cada nivel de contratación estarán dispuestas a pagar un mayor salario.

Como explicaba aquí no es lo mismo el desplazamiento de una curva que los desplazamientos a lo largo de una curva. Eso que parece un trabalenguas tiene un sentido. Existe una relación entre la productividad y el empleo. Esa relación implica que a cada nivel de empleo en una economía le corresponde una determinada productividad aparente del trabajo. Esa relación es inversa, es decir, la productividad aparente del trabajo es menor para cada nivel de empleo. Esa relación inversa existe siempre que consideremos que todo lo demás es fijo.

un incremento de la productividad

En esta figura podemos ver un desplazamiento de la relación entre productividad y empleo.

 Como vemos en la figura de arriba en ambas curvas la relación entre productividad y empleo es inversa, es decir, a medida que aumentamos el nivel de empleo se reduce la productividad. Sin embargo, en la curva de arriba observamos que, para cada nivel de empleo, la productividad es mayor que en la curva que originalmente representaba esa relación entre productividad y empleo. ¿Cómo se consigue un incremento de la productividad de este tipo? De diversas formas. Se consigue con trabajadores más y mejor formados, con trabajadores más sanos, con trabajadores más motivados, con trabajadores que están dotados de más medios materiales para desarrollar su trabajo, con trabajadores que disponen de los medios materiales más novedosos para poder llevar a cabo su trabajo. También es importante introducir novedades provechosas que hagan que el producto del trabajo de los trabajadores valga más como por ejemplo nuevos productos o nuevos mercados. La introducción de nuevos procesos también resulta muy importante para incrementar la productividad, lo mismo que la mejora del entorno institucional en el que se desarrolla la empresa.

Otra posibilidad es que crezca el empleo por la mayor oferta de trabajo, no por un incremento de la productividad aparente del trabajo. Si hay más gente dispuesta a trabajar para un salario dado se incrementará el empleo. Sin embargo está vía de crecimiento económico supone una disminución de los salarios.

El crecimiento del empleo per cápita, a diferencia del crecimiento de la productividad aparente del trabajo, tiene unos límites. Es evidente que tiene un máximo, el que corresponde a un 100% de la población trabajando. Pero mucho antes de llegar al 100% encontraremos grandes dificultades para crecimientos importantes del empleo per cápita. En primer lugar siempre habrá un porcentaje de la población que no se encuentra en disposición de trabajar por edad (por ser muy joven o por ser muy mayor) o por incapacidad absoluta para todo trabajo de algún tipo (física, psíquica, intelectual, sensorial). Pero incluso dentro de los que están en disposición de tener un empleo algunos no quieren, por ejemplo porque se quieren dedicar a sus estudios a tiempo completo o porque se dedican a trabajos fuera del mercado como el trabajo en el hogar, por ejemplo. Y de los que quieren hay un porcentaje de personas que no encuentran trabajo, es decir, de desempleados.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
Esta entrada fue publicada en Economía Laboral, Macroeconomía y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a La productividad aparente del trabajo y el empleo

  1. Tengo que leerlo en detalle, pero tengo la sensación de que es una aportación interesante. Especialmente porque en España somos muchos los preocupados por la ocupación

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  2. Alejandro dijo:

    cuando explicas los incrementos de la productividad y escribes: “También es importante introducir novedades provechosas que hagan que el producto del trabajo de los trabajadores valga más como por ejemplo nuevos productos o nuevos mercados” te estas refiriendo a la productividad económica, pero no técnica, de decir, la productividad medida en el valor de lo que se produce, a mayor valor, mayor productividad, independientemente de la cantidad de productos físicos que se producen por unidad de tiempo ¿Es correcto?

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