¿Puede renunciar a la globalización la Unión Europea?


 Hasta el momento, la llamada globalización es un proceso en marcha, pero que se produce lentamente. Dependiendo de la orientación del proceso de globalización, pueden existir beneficios o perjuicios. Los posibles perjuicios invitan a muchos europeos a renunciar a la globalización.

¿A qué ritmo se produce la globalización?

La globalización es un proceso en marcha, pero cuyo ritmo es mucho más lento de lo que aparenta. La principal manifestación de la globalización sería el crecimiento de diversas clases de flujos internacionales desde una perspectiva global: comercio internacional de bienes y servicios, flujos financieros y de inversión, flujos migratorios, flujos de información, etc.

Todos esos flujos se están incrementando, pero desde una perspectiva menos global de lo que aparenta. Aunque los flujos con perspectiva global están creciendo, lo que está creciendo mucho son los flujos con una perspectiva regional.

Cada país pertenece a una o varias regiones. También pueden pertenecer a conjuntos de países no necesariamente unidos por su proximidad geográfica. Un ejemplo de esto último lo constituyen los países productores de petróleo. El crecimiento más importante de los diferentes flujos internacionales es el que se ha producido dentro de esas regiones.

El ejemplo de España puede ser ilustrativo. En las últimas décadas se han incrementado mucho las exportaciones e importaciones de bienes, la pregunta es dónde. Principalmente, aunque no solamente, se han incrementado las importaciones y exportaciones de bienes con origen o destino en otros países europeos y, en menor medida, americanos o del Mediterráneo. Es decir, se han incrementado los flujos de comercio de bienes con los países con los que se tiene mayor proximidad.

No es menos cierto que también se ha producido un incremento global, pero a una escala menor. Por ejemplo, España ha incrementado mucho el comercio con países como China e India, entre otros muchos países asiáticos.

Algo semejante ha sucedido con la llegada de turistas, de inmigrantes o con el destino de la emigración española. Y, por supuesto, nuestros principales acreedores internacionales y el destino de nuestras inversiones están situado principalmente en los países de los grupos a los que pertenece España, aunque se ha incrementado también con todo el resto de países del mundo, a una escala más reducida.

¿Por qué se podría querer renunciar a la globalización?

Yo no lo veo así, pero algunas personas sostienen que la globalización es un peligro para aspectos tan diversos como la supervivencia de los rasgos tradicionales de la cultura, la sostenibilidad ambiental, las condiciones de vida de los trabajadores y las condiciones en las que desarrollan su trabajo o los derechos de los consumidores.

Sostienen que la globalización es un proceso de competencia a través de la renuncia. Los países que más renuncien a sus propios rasgos en favor de otras orientaciones que supongan menores costes ganarán en competitividad, desplazando a los más reacios al cambio, que acabarían teniendo que aceptar a su pesar un cambio que les perjudica.

¿Se puede renunciar a la globalización?

En mi opinión en esta fase ya no es deseable renunciar a la globalización y, de entre todos los grupos de países, Europa quizá es uno de los que más complicado lo tiene. Dos son las principales razones.

La dependencia de las materias primas

Europa tiene una dependencia global de las materias primas, no solamente del petróleo. Especialmente hay una dependencia minera, pero también agrícola, ganadera, pesquera, forestal, etc.

Se dice que debemos ser más eficientes en el consumo de materias primas para nuestra industria y para la generación de energía. Eso es cierto, pero con eso solamente no nos basta. La eficiencia tiene distintas caras, una de ellas es conseguir hacer lo mismo con un menor empleo de recursos, pero otra no menos importante es la búsqueda de los recursos más económicos para hacer lo mismo. Esa búsqueda hoy es global.

Esa búsqueda de materias primas sustitutivas más baratas es hoy uno de los motores de la globalización, porque las materias primas sustitutivas se pueden encontrar en cualquier parte del mundo. Pero dentro de ese coste deben considerarse, y ahí está una de las principales luchas europeas, los costes externos, aquellos que no recaen sobre el comprador de la materia prima. Por ejemplo, no queremos solamente fuentes de energía “baratas”, sino también ambientalmente respetuosas, que no perjudiquen a la salud, etc. La clave está en que los perjudicados por esos costes externos no son los compradores de las materias primas.

Europa puede presionar para que se internalicen esos costes, pero no puede renunciar a la búsqueda global de las materias primas más adecuadas por el progresivo agotamiento de las materias primas en Europa y por los mayores costes laborales de extracción.

No podemos comerciar solamente con aquello que nos parece bien. No podemos bloquear la entrada de productos de países que no siguen nuestras normas, pero aceptar sus materias primas porque sencillamente entraríamos en un juego de chantajes y amenazas en el que poco tendríamos que ganar.

Los efectos de una globalización sin Europa

La globlización previsiblemente puede estar llegando a otra fase que impulse su ritmo. En esta nueva fase se crearían estándares globales en las condiciones de acceso a los mercados, aquellas condiciones que las empresas han de cumplir para poder vender en un determinado país un determinado producto.

Esa fase puede propiciar el crecimiento a nivel global de muchas empresas que ahora no tienen tamaño suficiente como para ofertar su producto en todos o la mayoría de países del mundo, debido a los costes de adaptación que acarrea cumplir con condiciones diferenciadas en diferentes lugares.

Por lo tanto, el impulso de estándares globales es un impulso del crecimiento de las empresas y, por lo tanto, de las ventajas del crecimiento empresarial. Empresas más grandes pueden aprovechar mejor las ventajas de la especialización, de la producción conjunta, de sus inversiones en estructura fija, de planes de carrera para sus empleados, del mejor acceso a nuevas posibilidades de financiación, etc.

Esas empresas globales producirían a unos costes más reducidos cada día gracias a todas esas ventajas, pero también por el perfeccionamiento de los procesos que traería la experiencia propiciada por la mayor demanda producida por la reducción de sus costes.

La competencia con empresas globales de éxito sería desigual. Podríamos imponer aranceles, contingentes y diversas clases de barreras no arancelarias, pero eso supondría renunciar a las ventajas del comercio. Eso supondría un grave retroceso de la economía europea.

Cuando quisiésemos enmendar el error ya nos sacarían mucha ventaja esas empresas y el proceso de globalización sin Europa se habría desarrollado bajo unas condiciones distintas a las que pretendemos.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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