Las ciudades y el cuidado de los detalles


Imagínese que va a recibir la visita de una persona con la que le gustaría estrechar relaciones. La mejor manera de estrechar relaciones es que esa relación sea beneficiosa para ambas partes. Probablemente piense qué puede hacer por esa persona. Quizá usted pueda ofrecer algo positivo a esa persona. Entonces, su problema pasa a ser que la otra persona no lo sabe. Si lo supiera, seguramente querría profundizar en esa relación. Usted se lo puede decir directamente, pero otra cosa es que le crea. Surge un problema de asimetría de la información, es decir, usted sabe lo provechosa que podría ser la relación para ambos pero la otra parte no lo sabe. Como exponía aquí, uno de los remedios es lanzar una señal. ¿Cuál suele ser esa señal? Intentar causar buena impresión. Eso se logra cuidando los detalles en esa primera aproximación. El esmero con el que se trata un encuentro puntual es una muestra del esmero con el que se tratará la relación futura con esa persona. Es decir, lo que puede pensar la otra parte es que si has sido capaz de preparar con esmero ese encuentro puntual, tienes cualidades para cuidar de la relación y estás mostrando un compromiso en favor de esa relación.

Algo semejante sucede con las ciudades, y  también con los pueblos. Cuando uno visita una ciudad por primera vez, o cuando hace algún tiempo que no la visita, se fija mucho en los detalles que le entran por los sentidos. Se fija en si la ciudad está limpia, si la iluminación es correcta, si el mobiliario urbano es adecuado, se fija en el tráfico, se fija en el ruido, en el cuidado de los parques y jardines, etc. Se puede tener una ciudad con mucha suciedad en las calles, con mucha oscuridad en la noche, con un mobiliario urbano escaso y poco apropiado, con muchos atascos y accidentes de tráfico, con un ruido ensordecedor, con pocos parques y jardines y mal cuidados. Quizá haya ciudades en las que sus habitantes decidan que no necesitan una elevada calidad en esos servicios  sino en otros aspectos no percibidos por los visitantes como, por poner algunos ejemplos, servicios deportivos municipales, servicios sociales, o menores impuestos. Lo que sucede es que, en ese caso, la ciudad daría una imagen de desorden, de desidia, de falta de desarrollo y creatividad. Quien se aproxime a ella probablemente decida que no es esa la ciudad en la que querría estudiar, o a la que le gustaría trasladarse a trabajar, o en la que le gustaría tener sus socios, o sus proveedores, sus clientes, o cualquier otro tipo de relación. La solución para atraer relaciones positivas sería invertir en todas esas materias que externamente dan la imagen de ciudad cuidada, de que sus ciudadanos cuidan de los detalles, es decir, invertir en generar una señal de que la población de ese lugar cuida los detalles. Además, la mayoría de elementos que influyen en la imagen externa de la ciudad también redundan en beneficios para los ciudadanos. Sin embargo, no es tan sencillo. Vivimos en un mundo donde los recursos son limitados, de modo que invertir en unas cosas supone renunciar a otras, de modo que hay que mantener un equilibrio.

La señal  tiene un coste, el gasto adicional que se efectúa por encima de lo que se gastaría si no se tuviese en cuenta esa importancia del cuidado de los detalles que externamente afectan a la imagen de la ciudad, y unos beneficios en forma de más relaciones provechosas con terceros. Pero una cuestión muy importante es que los costes los asumen los vecinos de la ciudad, ya que en general se trata de asuntos de competencia municipal, mientras que los beneficios se extienden mucho más allá. Así, los visitantes de una ciudad pueden llevarse una imagen positiva de la comarca, de la región o del país donde se encuentra una ciudad. Un caso muy claro son las capitales y otras ciudades muy pobladas de los países más importantes, su buena imagen beneficia al país entero. Es un caso de externalidades en la producción de esta señal. Es decir, habría beneficios para terceros de una mayor inversión en producir esa señal. Sin embargo, si los costes de producir esa señal dependen exclusivamente de los vecinos de esa ciudad proveerán un nivel más reducido, adecuado exclusivamente a los beneficios que ellos tendrían de esa señal y no a los beneficios que se generarían en el resto del territorio de la comarca, región, país o territorio concreto. Una solución podría ser que otras administraciones se encarguen de transferir un dinero con la finalidad de cubrir esos gastos.  Otra solución sería establecer que el municipio afectado será sancionado si provee un nivel reducido de prestación de este tipo de servicios. En ese caso, como no producir un adecuado nivel de servicios que contribuyan a la buena imagen de la ciudad tendría un coste para el municipio, habría un incentivo a proveer el nivel adecuado de este tipo de servicios. Sin embargo, esto podría ser considerado como injusto, ya que los habitantes de la ciudad tienen que cargar con todos los costes y no con los beneficios.

Un importante problema para transferir a los municipios unos fondos para proveer un mayor nivel de servicios es que estas competencias son típicamente municipales, de modo que serán los municipios afectados los que decidan sobre dónde gastar. Sin embargo, una parte importante del gasto adicional en ese tipo de servicios dependerá de otras administraciones. Es decir, hay un gasto que escapa al control de quien lo sufraga. Es un ambiente propicio para el surgimiento de casos de corrupción. Se pueden establecer mecanismo de coordinación y de vigilancia de que el gasto se realiza en lo previsto, pero la labor es compleja.

Por otro lado, no todo es gasto en la generación de una señal favorecedora de la imagen de una ciudad. En la buena imagen de una ciudad son muy importante las buenas regulaciones. Un ejemplo claro es el tráfico. Regular bien las señales, la disposición de los semáforos, los aparcamientos, el taxi, las frecuencias e itinerarios del transporte público y otras muchos aspectos son enormemente importantes en la percepción de un buen funcionamiento del tráfico. Regular bien normalmente supone cambios, unas veces para sustituir malas regulaciones anteriores, otras para adaptarse a nuevas realidades. El principal problema que presentan los cambios es la resistencia al cambio de quienes resultan perjudicados con ese cambio. Por ejemplo, si alteramos el itinerario de una línea de autobús, habrá algunas personas que resulten perjudicadas de no poder coger esa línea donde lo hacían habitualmente.  Si los cambios son beneficiosos deberían dar oportunidad de compensar a los perjudicados. Sin embargo, rara vez se hace. Para que las diferentes regulaciones que afectan a la imagen de la ciudad funcionen es muy importante vencer la resistencia al cambio que puedan tener los ciudadanos. A falta de compensaciones individualizadas a cada perjudicado por cada actuación concreta, la mejor manera de hacerlo es generando un suficiente número de reformas en muchos ámbitos que hagan que, aun con perjuicios en aspectos concretos, cada ciudadano se sienta globalmente beneficiado por el conjunto de actuaciones municipales. El principal problema es que los alcaldes, aun pudiendo conseguir la aprobación de los ciudadanos con muchas reformas, suelen preferir hacerlo sin meterse en grandes “charcos”, es decir, no generando a nadie la sensación de que resulta perjudicado por sus intervenciones. Ello lleva a la inacción, que hace que se perpetúen malas regulaciones y regulaciones que fueron buenas en su día pero que se han quedado anticuadas, pero es preferido por muchos alcaldes que ven un riesgo en los cambios, el riesgo de que salgan mal. Por lo tanto, para mejorar el cuidado de los detalles en las ciudades claves para la imagen de un país es necesario incentivar el cambio en esas ciudades clave, pero no el cambio por el cambio, ya que es fundamental que las ciudades conserven aquello que está bien regulado.

Un aspecto muy importante, en el que habitualmente están implicadas otras administraciones distintas de la municipal, es la correcta regulación de aquellos servicios desarrollados por empresas privadas que consumen habitualmente los visitantes de la ciudad. Al regular esas actividades hay muchos aspectos a tener en cuenta como el precio, las obligaciones de servicio público universal allá donde sean necesarias, la calidad de los servicios, los incentivos a la inversión y a la mejora tecnológica, etc. Uno más de esos aspectos, uno muy relevante, es el impacto que pueda tener esa actividad en la percepción del visitante del nivel de cuidado de los detalles en la ciudad.

Y especial importancia tiene la creatividad. No conviene buscar una ciudad encorsetada, dentro de un parámetro prefijado de buena imagen. Las ciudades modernas deben aportar, además de todo lo que se espera en cualquier ciudad bien ordenada, diferencias con otras ciudades, sorpresas gratas para el visitante, creatividad.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
Esta entrada fue publicada en Economía Pública, Opiniones y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s