La valoración de la sanidad de los demás


Un asunto que ocupa mucha atención de mucha gente es el de los costes de la sanidad, pero no menos importante es el de la valoración de los beneficios de la sanidad. No es una cuestión sencilla, en la medida en que la sanidad trata con enfermedades cuyo diagnóstico o prevención y cuyo tratamiento encierran grados variables de riesgo o incertidumbre, así como importantes problemas de información asimétrica. Pero aunque la sanidad se desenvolviera en un ambiente de completa certidumbre donde existiese información perfecta  seguiría siendo compleja la valoración de sus beneficios.

La actividad sanitaria pretende mejorar la salud de las personas, lo que implica una mejora de las funciones del organismo y capacidades del ser humano tales como capacidades físicas, sensoriales, intelectuales.¿Cómo podríamos valorar la obtención de un determinado estado de salud que afecta a esas funciones y capacidades? Lo abordaré en esta entrada, dejando de momento los problemas derivados de la falta de información del enfermo de su estado de salud, de las opciones de tratamiento, de los efectos secundarios, etc.

Una primera aproximación sería la de que el individuo pudiese valorar cuánto está dispuesto a pagar por una determinada actuación sanitaria. El primer problema que surge es un problema de equidad. ¿Vale más la salud de una persona rica que la de una persona pobre por el hecho de que esté dispuesta a pagar más por su salud? Ese problema es común a todos los mercados y se puede intentar paliar a través de medidas redistributivas. La valoración que hagamos se podría reconfigurar intentando calcular cuánto estaría dispuesto a pagar cada uno por una determinada intervención si todos tuviesen un mismo nivel de renta. Tanto en un caso como en el otro es complejo de saber lo que estaría dispuesto a pagar el individuo porque el individuo puede no querer revelar esa información si de ello va a depender lo que tenga que pagar por los servicios sanitarios o el nivel de prestación que va a recibir, pero se puede intentar diseñar sistemas de incentivos adecuados para obtener esa información.

La salud de los demás

¿Cuánto se puede valorar la salud de los demás? Habitualmente se suele considerar que los individuos valoran los beneficios que les ofrece un determinado bien de forma egoísta, es decir, que no son ni altruistas (lo que les haría valorar positivamente la mejor salud que pudiesen obtener los demás a partir de una determinada actuación sanitaria), ni envidiosos (lo que les haría sufrir con la salud ajena). Sin embargo,  importa y mucho la salud de otras personas. No presenta gran dificultad el hecho de que nos importe la salud de los otros miembros de una misma familia, si entendemos que una familia es una unidad de decisión.

Un poco más complejo es el problema de las personas por las que tenemos sentimientos de afecto pero que no forman parte de esa misma unidad de decisión, como familiares más lejanos o amigos. Teóricamente podríamos pagar para que disfrutasen de mayores prestaciones que hiciesen posible que tuviesen mejor salud, pero esas negociaciones no son siempre sencillas. Y otra vez surge el problema de que sería más valorada la salud de una persona por el hecho de tener allegados de mayor renta.

Una cuestión importante, pero relativamente controlable, es la propagación de enfermedades contagiosas. La enfermedad de un absoluto desconocido puede afectarme a mí, si directamente o a través de otras personas, me acaba contagiando. Pero en este caso de lo que se trata es de actuaciones de salud pública. Decidir cuál es el nivel óptimo de provisión de actuaciones de salud pública es un problema de decisión colectiva.

La valoración de la salud de los desconocidos va mucho más allá de las enfermedades contagiosas. Nuestras relaciones casuales con otras personas pueden variar mucho en función de su estado de salud. Por ejemplo, una parte de los accidentes de tráfico se producen por fallo humano y, una parte de esos fallos humanos se deben a problemas de salud que hubiesen podido ser evitables con una determinada actuación sanitaria.

Donde más compleja es la valoración es en el caso de la salud de personas con las que se mantiene otro tipo de relaciones económicas, como las relaciones laborales o comerciales. Una empresa puede estar muy interesada en mejorar la salud de sus trabajadores, ya que de ella depende su productividad. Podría estar dispuesta a pagar por ello la diferencia de productividad que puede haber de tener un trabajador sano a tener un trabajador enfermo. Eso justifica los gastos de las empresas en salud laboral. El problema es que la productividad de cada trabajador en particular es algo enormemente complejo de saber. Pongamos el ejemplo de un equipo de fútbol. Si el presupuesto es limitado y tienen a su mejor goleador  y al jugador que le da las asistencias de gol lesionados, ¿en cuál debería invertir? Las empresas no conocen la productividad individual de cada uno de los trabajadores, por lo que la respuesta es muy complicada.

La situación es más complicada cuando hablamos de relaciones externas. Por ejemplo, el proveedor habitual de un determinado tipo de servicios vitales para una empresa está de baja. La empresa puede tener un incentivo grande para pagar lo necesario para su más temprana recuperación, si ello es posible, pero la negociación es complicada. Imaginemos que esa persona es un técnico de algún tipo de reparaciones que trabaja para diferentes empresas. Todas las empresas que necesiten a ese técnico en ese momento podrían estar muy interesadas en que se recuperase lo antes posible, pero para todas sería más interesante que el gasto lo sufragase otra de las empresas que son clientes de ese técnico. La negociación es muy difícil.

Y todavía es un problema más difícil de delimitar el impacto que puede tener la salud de otras personas en lo productivas que sean las relaciones laborales o comerciales cuando quienes están afectados por una determinada enfermedad son allegados a esa parte con la que se relacionan. Por ejemplo, un niño enfermo puede ocasionar una disminución dramática de la productividad de sus padres.

La discapacidad es habitualmente una fuente de pérdida de productividad. Incluso puede expulsar del mercado a personas con muchísimas capacidades. En muchos casos existen inversiones que ayudan a paliar la discapacidad. Ejemplos de ello son las gafas, los audífonos, prótesis de distintos tipos, muletas, etcétera. Es habitual que la persona que no tiene recursos como para paliar esa discapacidad se vea completamente apartado de los mercados de trabajo, a pesar de tener muchas cosas que aportar. ¿Cómo se puede valorar esa pérdida? Existe una cierta invisibilidad, ya que en muchos casos hablamos de potencialidades que no llegan a desarrollarse, y que por tanto son desconocidas. Eso es particularmente dramático en los países más pobres, donde la pérdida de capital humano asociada puede llegar a ser muy grande.

 Por último, hay que pensar que existe una preocupación general por la salud, más allá de que se trate de personas con las que no tenemos, ni tendremos nunca, una relación. La falta de salud es una de las fuentes del sufrimiento humano y es una fuente importante de desigualdad económica.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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