Un mundo sin paraísos fiscales (I): la recaudación tributaria


Mucho se habla estos días de la desaparición de los paraísos fiscales. Muchísimo me gustaría equivocarme, pero albergo mis serias dudas de que, tras la hipotética desaparición de los paraísos fiscales se produzca una reducción de las desigualdades, un sistema tributario más justo y eficiente y una reducción importante de la criminalidad organizada a nivel internacional.

¿Qué pasaría con las recaudaciones impositivas tras la desaparición de los paraísos fiscales?

Las grandes fortunas pagan muchos menos impuestos de los que potencialmente podrían pagar, entre otras razones, por el recurso a los paraísos fiscales. Teóricamente, un mundo sin paraísos fiscales podría contribuir a aumentar la recaudación fiscal, con lo que se podría aumentar la recaudación y, así, generar una mayor redistribución de la renta que pudiese reducir las desigualdades.

Sin embargo, creo que la realidad sería un poco más compleja. En primer lugar, los acuerdos internacionales para acabar con los paraísos fiscales deberían establecer un tipo de gravamen mínimo al que deberían tributar esas grandes fortunas, lo cual plantea retos importantes.

En primer lugar, habría que definir qué se entiende por gran fortuna. Lo de menos sería situar una cifra por encima de la cual se considera que una fortuna es grande. Lo más importante es delimitar la fortuna en sí. Por ejemplo, una familia puede dividir su fortuna entre diversos miembros a fin de no superar los límites y establecer unos pactos para controlar conjuntamente el patrimonio.

Podemos establecer un límite conjunto de los miembros de la familia, pero hay que acordar hasta donde llegan esos límites. ¿Hasta dónde llega la familia? Y lo mismo que hablamos de la familia podríamos hablar de socios u otras formas de vinculación.

Otro problema de delimitación es si la calificación de gran fortuna debe hacerse en función de la renta o del patrimonio acumulado, o de un criterio mixto.  Son solamente algunos ejemplos de la complejidad de la delimitación del concepto de gran fortuna, más allá de la concreción de la cuantía.

Esta delimitación jugaría como una suerte de marco para la fiscalidad internacional, que habría de ser respetado por todos los países firmantes del acuerdo. Si aspiramos a un mundo sin paraísos fiscales, ese acuerdo debería ser unánime. Otra cuestión es cómo se consiga. En una entrada posterior plantearé las razones por las que creo que ese acuerdo puede servir para que florezcan nuevas trampas favorecedoras del fraude fiscal.

Pero también el establecimiento del tipo mínimo para las grandes fortunas sería complicado. Por mucho que ahora muchas grandes fortunas paguen pocos impuestos, no se puede establecer un tipo confiscatorio. En España, por ejemplo, está prohibido por la Constitución Española. Además, al tratarse de un tipo mínimo, debería ser lo suficientemente bajo como para permitir que democráticamente determinados países puedan aprobar normas para reducir la presión fiscal. Es un equilibrio complejo.

Está claro que desaparecerían los países con tributación prácticamente nula, pero no los países con baja tributación. Algunos de esos países de baja tributación pueden tener unos atractivos adicionales. Quizá puedan tener buen clima, un buen nivel de seguridad, buenas comunicaciones aeroportuarias, acceso a toda clase de servicios relacionados con el lujo, etc. Esos países actuarían como imanes para las grandes fortunas.

Algunas veces se critica a deportistas, artistas y otras personas famosas porque pagan sus impuestos en tal o cual país en lugar de en su país de origen. Es importante tener en cuenta que las legislaciones fiscales ligan el pago de impuestos, no al origen o nacionalidad de la persona, sino a la residencia. Si esas personas se trasladan a vivir a esos países de baja tributación, nada se les puede reprochar.

También es importante pararse a pensar que muchas de estar personas con notoriedad viven una suerte de “exilio” en su propio círculo controlado dentro de otro círculo más amplio donde son notorios. Su fama, en el caso de las celebridades, o su dinero en otros casos, hace muy complicado dar un paso fuera de su entorno más controlado sin tener cerca gente que les sigue para solicitar su favor. Viajar frecuentemente, moverse fuera del círculo donde despiertan notoriedad es una forma de alivio de su “condena”, al poder moverse con más naturalidad.

La opción de trasladar la residencia a un país de baja tributación y buenas condiciones, y viajar frecuentemente a diferentes lugares del mundo (incluido su país de origen) es evidente que es una opción ventajosa para muchas de las grandes fortunas. Muchas de las que aún no han movido su residencia a esos países, porque el empleo de los paraísos fiscales les facilitaba una alternativa, se moverían hacia estos países en los que la tributación, sin ser nula, es baja.

Ese movimiento de fortunas a países con una tributación reducida podría generar un efecto de arrastre. Son muchas las personas que quieren hacer negocios con las grandes fortunas. Muchos empresarios de nivel intermedio se podrían ver seducidos por un cambio de residencia. El tipo impositivo por el que tributan en su país, en comparación con el de otros podría ser un buen incentivo para plantearse su partida hacia un país de baja tributación. Y eso podría generar una red de contactos empresariales de grandes empresarios y empresarios a nivel intermedio que podría generar una mayor atracción hacia esos lugares.

¿Cómo podría evitar un país de elevada tributación que las fortunas grandes y medianas se marchen? Reduciendo los tipos máximos de gravamen en el impuesto que grava la renta de las personas físicas o bien concediendo otra clase de ventajas fiscales a esos contribuyentes, a fin de que no se marchasen.

El capítulo de los incentivos fiscales, como deducciones, exenciones, reducciones de la base imponible, podría ser especialmente destacado. Se diría algo así: “no te vamos a cobrar tantos impuestos, pero debes hacer algo por la sociedad”. Ese “algo” podría ser la promoción de la ciencia y la investigación, las ayudas a colectivos desfavorecidos, la conservación del patrimonio histórico, la promoción del arte y de la cultura, etc.

Eso podría implicar más en la mejora de la sociedad a las grandes fortunas, lo cual puede ser bueno. Pero, a cambio, incrementaría su poder en la configuración de lo que debe ser el futuro de la sociedad frente a otros agentes, como el Estado, las asociaciones, las personas particulares o las empresas.

Perderían algo de dinero, a cambio de mucho poder. El dinero sería poco, porque una parte de lo que inviertan en esas actividades desgravaría. El poder sería muy importante para ellos, porque serían claves en la configuración de actividades muy sensibles para la sociedad.

En conclusión, creo que podría generarse una competencia fiscal entre países que podría reducir de forma perceptible los tipos de gravamen a los que tributan las personas con mayor renta, no solamente las grandes fortunas, sino también otras personas de renta elevada (auqnue menos que las grandes fortunas). Y en esa competencia es altamente probable que se reduzca el tipo de gravamen de otros tramos de renta, menos elevados, pero que comenzarían a sentir un mayor incentivo a marcharse. Esa reducción puede hacer que se esfume el posible incremento de la recaudación por imposición directa.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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