El déficit público de los años de bonanza


Ahora se cumplen 30 años de la firma de la adhesión de España a las Comunidades Europeas. El euro ha sido uno de los protagonistas de estos 30 años, y ha recibido fuertes críticas. Ha sido visto como el “malo de la película”. Creo que en esas argumentaciones se obvia un elemento esencial, el hecho de que España optó por tener déficit en buena parte de los años de bonanza. Quizá ese haya sido uno de los grandes errores de nuestra política económica.

La pertenencia al euro implica que sus miembros tienen la misma moneda, con lo cual renuncian a una política cambiaria propia, y también a una política monetaria propia. Eso tiene una cierta importancia, entre otras facetas, en el control de la inflación. Con una política cambiaria  y una política monetaria propias, el banco central puede decidir aumentar los tipos de interés  a fin de reducir la demanda (y la inflación) o puede buscar una depreciación o devaluación de la moneda para evitar que, medidos en la misma moneda, los precios de los bienes y servicios producidos en el interior del país se encarezcan relativamente frente a los de otros países. Las políticas cambiaria y monetaria son fuente de perturbaciones y de guerras comerciales, por lo que la integración en el euro tiene sentido, pese a que a primera vista pueda parecer que implica una renuncia a políticas que favorecen el mantenimiento de la competitividad de la economía nacional.

Uno de los argumentos preferidos de los detractores del euro es que supuso una renuncia a las políticas que evitaban la pérdida de competitividad de la economía española. Lo que se olvida es que los pactos del euro otorgaban una gran autonomía en materia de política fiscal. Sí había un pacto para tener un déficit por debajo del 3%.

El déficit público tiene una dependencia de la coyuntura económica. Cuando el país va bien se recaudan más tributos y se necesita gastar menos en gastos relacionados con la cobertura del desempleo y gastos sociales para atacar situaciones de exclusión social. La coyuntura fue muy favorable durante los primero años del euro. Eso hacía que un déficit público modesto constituyese un déficit público estructural considerable. Es decir, si España no hubiese crecido durante esos años por encima de su potencial, el déficit público hubiese sido bastante abultado.

El déficit público puede tener capacidad para impulsar la demanda de la economía. Ello depende en buena medida del sentimiento de los consumidores. El Estado impulsa una mayor demanda, pero los consumidores pueden contrarrestar ese aumento ahorrando más, si tienen miedo a los recortes de gasto público y aumentos de impuestos del futuro. El consumo en España no se retrajo. Una de las razones fue que mucha gente no pensaba que estuviésemos creciendo más de lo normal para España. Cuando un país crece más, en ese mismo momento no es tan sencillo captar si es porque se está elevando su potencial de crecimiento o porque se está creciendo por encima de lo normal.

Ese incremento de la demanda se puede trasladar a mayor crecimiento o a inflación. En gran medida lo que sucedió fue lo segundo. España tuvo inflaciones sostenidamente mayores que las de la media de la zona euro. Eso hacía más atractivas las importaciones y menos atractivas las exportaciones. En definitiva, esa mayor inflación originaba una pérdida de competitividad.

Al exportar menos de lo hubiésemos podido exportar e importar más de lo que hubiésemos podido importar, de haber tenido una inflación menor, se estaba creando un importante déficit en nuestra balanza por cuenta corriente. Ese déficit había que financiarlo, lo que llevó a un importante endeudamiento que ha originado unos efectos más duros y prolongados de la crisis.

A la misma vez, el propio euro tuvo efectos expansivos de la demanda. El euro supuso una serie de compromisos de estabilidad  que provocaron una reducción sustancial de los tipos de interés. Esa reducción originó un aumento del precio de los activos. El patrimonio de los españoles crecía. Al sentirse más ricos, consumían más. Esa reducción de tipos de interés reflejaba, en parte, una mayor estabilidad de nuestras finanzas públicas, un factor estructural. Incluso con la incertidumbre de hoy nuestras finanzas públicas son más estables que las de la España previa al Tratado de Maastricht, al menos visto desde el punto de vista de los acreedores. Piénsese en la renuncia al recurso a generar inflación y depreciar la moneda para devolver nuestra deuda pública en pesetas depreciadas (una quita encubierta).

El verdadero problema fue que la coyuntura favorable, el incremento del patrimonio por la subida del precio de los activos y la mayor disponibilidad para consumir e invertir originada por las deudas ocultaron los problemas estructurales de nuestra economía. Pero la culpa de esos problemas estructurales no es del euro. La dificultad del euro es que señala hacia el camino complicado, el de centenares de reformas que conduzcan a mejorar la productividad de la economía de sus países integrantes. Sí existen otras formas de ganar competitividad, pero implican guerras comerciales con otros países. La devaluación o depreciación de la moneda, por ejemplo, implica perjudicar a posibles competidores y a los acreedores en la moneda nacional. Normalmente los países perjudicados no se quedarán de brazos cruzados y se puede dificultar el comercio, perdiendo las ventajas asociadas a ese comercio que se pierde. El euro sitúa a los países frente a sus propias debilidades estructurales.

El déficit público puede ser una forma de introducir un espejismo que evite que el país se enfrente a sus debilidades. Recurriendo al endeudamiento se puede consumir e invertir más, de forma que las debilidades parezcan menores, pero esas deudas han de devolverse en el futuro. Ahora, en España se está tomando más conciencia de ambas cosas: de los problemas estructurales de la economía española y de que las deudas pasadas hay que devolverlas.

De no haber optado por el espejismo del déficit público estructural, hubiésemos tomado más conciencia de nuestros problemas estructurales, lo que hubiese sido un primer paso para abordarlos aunque, no obstante, la tarea es compleja. Por otro lado, nuestra economía no hubiese perdido tanta competitividad frente a otros países y la balanza por cuenta corriente no se hubiese desequilibrado tanto. Nuestras deudas ahora serían menores y el impacto de la crisis hubiese sido algo más suave.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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