Grecia y la pugna entre ortodoxia y heterodoxia


En Grecia se están librando dos batallas. La primera es la batalla por la mejora de las posibilidades materiales de vida de los griegos, por la mejora de la situación de sus finanzas públicas y por el mayor grado posible de cumplimiento de sus obligaciones con los acreedores. La segunda es una batalla entre la ortodoxia y la heterodoxia en la política económica. A esa segunda lucha entre ortodoxia económica y heterodoxia económica quiero referirme en esta entrada.

El marco de la política económica establecido en los diversos acuerdos que conforman ese pacto que es el euro se puede caracterizar por tres rasgos. Por un lado se propugna una estabilidad presupuestaria, por otro lado la política monetaria está orientada exclusivamente a la estabilidad de precios y en tercer lugar se busca la mayor estabilidad cambiaria (de hecho la pertenencia al euro supone no tener una moneda nacional sobre cuya cotización pueda actuar el banco central).

Uno se podría preguntar por qué razón deberían renunciar los países del euro a utilizar con energía instrumentos tan poderosos como la política fiscal, la política monetaria o la política cambiaria. La principal razón es que estas políticas han fracasado demasiadas veces en su intento de sacar a un país de la crisis. Gran parte de los premios Nobel dados a macroeconomistas se han otorgado a economistas que han explicado alguna de las razones por las que una determinada política que pretende estabilizar la economía no funciona. Sin embargo, se considera que esas políticas pueden introducir perturbaciones adicionales al funcionamiento del mercado. Y eso tiene una relevancia particular cuando esas perturbaciones pueden alterar la competencia entre empresas de distintos países.  Teóricamente, incrementar el intercambio económico entre distintos países exige una mayor neutralidad de este tipo de políticas.

La política económica se centraría más en el largo plazo, en el objetivo de que los países se organicen mejor, tengan un marco institucional más eficiente, mejores regulaciones, unas adecuadas inversiones públicas, se centren en el fomento de la innovación, etc.

Pero ha llegado la crisis actual, que está siendo una perturbación profunda y duradera en muchos países, y en Grecia de una forma particular. Con la crisis, la ortodoxia se suaviza. La mayoría de países incurren en grandes cifras de déficit, los tipos de interés del BCE llegan a cero, el euro se deprecia. Sin embargo, y a pesar de algunas mejoras que van llegando con el tiempo, los problemas no desaparecen. Las elevadas cifras de paro, las elevadas deudas, los desahucios, los concursos de acreedores, la incertidumbre sobre el futuro financiero de muchas empresas, las situaciones de malnutrición o de pobreza energética apenas han tenido un pequeño alivio.

La solución ortodoxa sería seguir teniendo paciencia, esperar a que se corrijan algunos desequilibrios, y afrontar un conjunto de reformas que permitan mejorar las perspectivas de crecimiento a largo plazo. Se podría decir que es la receta más asentada. Creo que es la mejor para Grecia, y para el resto de países. Pero tiene dos problemas grandes. El primer problema es que no es una solución a corto plazo, puede tardar demasiado tiempo en dar sus frutos. Cuánto tiempo es demasiado es algo subjetivo pero, cuando se están atravesando dificultades importantes, cualquier tiempo es demasiado. El segundo problema es que la solución está en mejorar día a día la forma de hacer las cosas, en las reformas, pero determinar cuáles son las reformas adecuadas no es algo ni sencillo, ni exento de discusión.

La solución heterodoxa, defendida por un sector de Syriza se basa en la idea de que a grandes males, grandes remedios. Partiría de dejar de pagar una parte muy sustancial de la deuda, salir del euro y de la Unión Europea y satisfacer las necesidades de financiación del Estado griego a través de la emisión de dinero. Tendrían que afrontar la pérdida de relaciones con el resto de Europa. Disminuirían de forma drástica los flujos de financiación, de inversión, de trabajadores, de exportaciones e importaciones de bienes y servicios e incluso de información e intercambio cultural. Seguramente Grecia buscaría otros países con los que establecer una relación más intensa. Grecia negociaría el marco en el que se desenvolverían futuras relaciones con esos países en una posición de necesidad, lo que restaría poder en la negociación.

Pero esas son dos posiciones extremas. La posibilidad intermedia sería ayudar a Grecia a cumplir sus compromisos de estabilidad, concediendo alguna mayor flexibilidad. Es decir, una salida negociada. A mí me parece que es la salida más razonable. De hecho es la base de la negociación. Un importante sector de Syriza y la mayoría de los socios del euro todavía creen que merece la pena la negociación. El problema más importante que se presenta es que en la mayoría de países de Europa, y mucho más en los más afectados por la crisis, se está estableciendo un fuerte debate entre ortodoxia y heterodoxia. Las posturas más rígidas se están afianzando.

Llegados a este punto algunos creen que sería provechoso que cada país tome su propio camino, el que se elija democráticamente. Unos países seguirían en la línea de compromisos de estabilidad que marca el euro y otros probarían suerte con otro tipo de medidas. A mí me parece una forma muy democrática de decidir que nos sacamos los ojos los unos a los otros. Los acreedores perderían mucho dinero, los deudores muchas posibilidades de financiarse y todos verían seriamente deteriorado un conjunto de relaciones de todo tipo que son fundamentales para el conjunto de los países.

Por desgracia para Grecia, hay otra opción. Se trata de utilizar a Grecia como experimento controlado. Se permitiría la salida de Grecia del euro como forma de comprobar el éxito o fracaso de su salida del euro, como ejemplo para otros países. El casi seguro fracaso del experimento podría ser tomado por los ortodoxos como ejemplo de que el camino heterodoxo no conduce a ningún sitio. Por su parte, los partidarios de la heterodoxia justificarían el fracaso en las condiciones, en la situación que se ha forzado en Grecia. Probablemente ambos, ortodoxos y heterodoxos, tuviesen razón en sus respectivos argumentos. Pero me parece que no es la mejor solución utilizar a un país como escarmiento o como excusa.

Como regla general, aquello que se considera conocimiento asentado u ortodoxo lo es porque existen sólidas razones para ello, pero también es cierto que parte de lo que en un tiempo ha sido considerado heterodoxo después se ha considerado parte del conocimiento más firmemente asentado. Creo que la solución al problema griego ha de pasar por soluciones ortodoxas, pero que ha de tenerse una especial sensibilidad hacia los problemas estructurales de la economía griega que, lejos de resolver, el tiempo parece agravar y una especial sensibilidad hacia su impacto en los colectivos más acuciados por la crisis.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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