La estabilidad presupuestaria y la distribución de la renta


El déficit público puede tener importantes efectos sobre la distribución de la renta. Una de las causas principales es que tras una etapa de importante déficit normalmente llega una época de ajuste, y de recortes, durante la cual los más afectados no suelen ser los más beneficiados por el déficit.

Otro aspecto muy importante son los efectos para las diferentes generaciones. El déficit público, al fin y al cabo, representa una decisión que hace que no coincida el momento en el que se gasta con el momento en el que se paga lo gastado y, en el caso de financiación de inversiones públicas, también el momento en el que se disfruta lo invertido.

La estabilidad presupuestaria ha de entenderse como una tendencia hacia el equilibrio presupuestario, lo que supone superávit en las épocas de bonanza y déficit en las de crisis. Lleva a un presupuesto estructuralmente equilibrado. En épocas de crisis, a fin de reducir las desigualdades producidas por el desempleo, una de las posibilidades es incurrir en un déficit público mayor al que se produce de forma natural por la menor recaudación y por el mayor gasto en las prestaciones para atender necesidades que surgen con la crisis, como por ejemplo las prestaciones por desempleo. El objetivo sería impulsar la demanda, la producción y el empleo, facilitando la reducción del desempleo, lo que se lograría a través de un déficit público adicional. Al reducirse el desempleo, la distribución de la renta se volvería menos desigual. Por desgracia, en muchas ocasiones esas políticas son infructuosas, pero esa sigue siendo la principal justificación distributiva del déficit público: luchar contra las desigualdades producidas por el incremento del desempleo. Dado lo limitado de las posibilidades del endeudamiento del Estado, si un país quiere tener esa posibilidad a su disposición en épocas de crisis, debe limitar su endeudamiento en las épocas de bonanza. De lo contrario, cuando quiera disponer de esa posibilidad no podrá incurrir en el déficit deseado, porque no podrá financiar ese déficit. Es decir que sería una justificación limitada, dada la limitada efectividad de las políticas fiscales en la lucha contra el desempleo, para salirse del camino de la estabilidad presupuestaria en épocas de crisis, pero sería una razón más para el compromiso con la estabilidad presupuestaria en épocas de bonanza.

Como digo el principal problema de incurrir en un importante déficit público es que tras una época de déficit suele llegar otra de recortes. Los recortes suelen cebarse con colectivos políticamente débiles, que presentan poca resistencia, cuya voz se escucha con menos fuerza, normalmente por estar peor organizados. Además, los recortes se suelen posponer hasta el último momento. Normalmente se hacen en una situación apremiante y se recorta aquello que es más sencillo de recortar. Pero, ¿qué pasa en una época de bonanza? En época de bonanza, si el presupuesto estuviese estructuralmente equilibrado tendería a tener superávit. No tener el superávit que exige la estabilidad presupuestaria estructural sería la oportunidad de llevar a cabo las reducciones de impuestos o aumentos del gasto reclamados por colectivos políticamente fuertes. Además, el presupuesto de un año tiende a parecerse mucho al del año anterior. Pongamos un ejemplo. Si, por ejemplo, un grupo bien organizado ha realizado una campaña de presión en la época de bonanza para la creación de un determinado organismo, no será tan sencillo eliminarlo en época de crisis, porque existirán unos costes de desmantelamiento para los que difícilmente se podrá encontrar financiación en una época de crisis. Si existen muchos programas, proyectos y organismos semejantes, más complejo será encontrar financiación para su desmantelamiento. El desmantelamiento de esas estructuras implica indemnizaciones, costes de desplazar recursos humanos y de otro tipo a otras actividades, en muchas ocasiones implica plantearse qué se va a hacer con los inmuebles donde se desarrollan esas actividades, etc. Todo ello implica costes que, en general, han de financiarse inmediatamente. Precisamente los recortes suelen llegar en épocas en las que es complicado encontrar esa financiación. El resultado final es que es mucho más sencillo que se acumule gasto en favor de grupos políticamente fuertes y bien organizados en épocas de bonanza a que se reduzca en épocas de crisis. La estabilidad presupuestaria marca un límite a esos gastos, y también a reducciones de impuestos, que surgen en épocas de bonanza pero de los que es muy difícil desprenderse en épocas de crisis.

También son muy importantes las implicaciones entre las distintas generaciones. Una de las justificaciones más evidentes de la deuda pública es la de financiar la inversión pública. La inversión pública, como otras formas de inversión genera rendimientos en el futuro. Por ejemplo, la construcción de una carretera supondrá ahorros en el tiempo de viaje durante muchos años. El objetivo es que quien se va a beneficiar, en  nuestro ejemplo los conductores del futuro, sea quien pague la obra a través de los pagos de la deuda en que se incurrió para financiar su construcción. Es una buena forma de que las generaciones actuales lleven a cabo proyectos que beneficiaran a las generaciones futuras sin tener que asumir esa generación actual el coste, de forma que lo costeen quienes serán los beneficiados. Sin embargo, vuelve a surgir el problema de la organización. Pensemos en que las generaciones futuras aún no están organizadas y los proyectos que las beneficiarán dependerán de las actuales. Hasta un determinado punto toda generación actual tiene en cuenta a las generaciones futuras, por lo que algunas de las inversiones de futuro más necesarias encuentran acomodo sencillo en el presupuesto. Pero más allá de esas prioridades es dudoso que las generaciones futuras puedan tener mejores defensores que esos grupos políticamente bien organizados. La flexibilidad en el déficit público puede conducir a una acumulación de proyectos de dudosa rentabilidad social, pero que favorecen a esos grupos políticamente fuertes. El resultado suele ser que las generaciones futuras pagan los platos rotos del dinero malgastado en pasado, justo lo contrario de lo que se pretendía.

En conclusión, creo que la estabilidad presupuestaria en términos estructurales evita que se acumule en época de bonanza endeudamiento en favor de grupos más fuertes, grupos bien organizados, y que, en época de crisis, los recortes lleguen a los grupos políticamente más débiles o a las generaciones futuras. Por ello creo que la estabilidad presupuestaria puede ser un instrumento para una distribución de la renta más equitativa.

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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