Las dolorosas vías de solución de una crisis de deuda pública


Son varias las formas en las que se puede ajustar un elevado déficit público. Una primera forma es jugar a lo Ponzi, es decir, pagar los compromisos que se tienen de la amortización y los intereses de la deuda que ya se tiene mediante la emisión de nueva deuda. Eso se puede hacer, de hecho es lo que hacen la mayoría de los Estados, dentro de unos límites. De hecho, si no se contrajese nueva deuda pública, una determinada deuda pública ya contraída tiende a representar cada vez un menor porcentaje sobre el producto interior bruto  si se da la circunstancia de que lo que crece ese PIB es superior al tipo de interés real (el tipo de interés que se obtiene si restamos la inflación).  Pero financiar las nuevas emisiones se vuelve más complicado a medida que se incrementa la deuda pública. En algún momento la deuda se puede convertir en insostenible, de manera que haya una crisis de deuda pública, y nadie quiere ser el que pague los platos rotos.  Los intereses tienden a subir a medida que se va percibiendo más riesgo, sube la conocida prima de riesgo. Puede haber especuladores que amplifiquen todo el proceso. Los límites hasta los que la deuda pública es sostenible son bastante indefinidos, están muy ligados a la confianza pero también a las propias circunstancias de los mercados financieros en un momento dado.

En esta entrada pretendo reflexionar sobre diferentes posibilidades que se pueden dar tras una crisis de deuda en la que los inversores dejen de estar dispuestos a prestar dinero a un estado concreto.

Una opción es el impago de la deuda. Desde el momento en el que la deuda no se pague, a corto plazo, la consecuencia será que no se podrá obtener financiación en los mercados financieros internacionales. A primera vista se podría pensar que ya no es más necesario endeudarse, ya que el Estado se ha desprendido de la pesada carga que suponían los intereses que había que pagar cada año por la deuda. Pero en circunstancias normales la deuda pública no se vuelve insostenible sólo por los intereses, tiene que haber un déficit primario, un déficit incluso cuando no contamos los intereses. En ese caso hay que financiar o suprimir ese déficit. La financiación de ese déficit suele conducir a un rescate internacional con participación de instituciones como el FMI, que otorgan la financiación pero imponen severas condiciones de ajuste presupuestario, en definitiva recortes que pueden consistir en incrementos de impuestos, reducciones del gasto público o ambas cosas. Además, se acompaña de la imposición de otras medidas más allá de lo presupuestario que hagan más sostenible la economía del país incrementando su crecimiento y credibilidad, de modo que pueda regresar la confianza suficiente como para poder volver a realizar emisiones de deuda en los mercados.

Una alternativa imposible, una vez pagada la deuda, sería realizar los recortes necesarios en el presupuesto para no tener déficit y no recurrir más a la emisión de deuda pública, de manera que no se necesite solicitar un rescate. Esa es una opción inviable, ya que la emisión de deuda pública como la recuperación de la credibilidad son esenciales. La emisión de deuda pública, dentro de unas condiciones de sostenibilidad, es muy importante para una economía entre otras razones porque facilita al Estado realizar inversiones a largo plazo, porque permite obtener un instrumento financiero de bajo riesgo en función del que se valora el resto de instrumentos financieros de la economía, porque permite la existencia de un déficit público coyuntural que acomode el presupuesto a las circunstancias de la economía, porque la deuda pública es una importante opción de inversión para muchos ahorradores, etc.

La inflación es una alternativa para hacer sostenible la deuda. A medida que se genera inflación la deuda va valiendo menos en términos reales. Hay que devolver el mismo dinero, pero con ese dinero cada vez se pueden comprar menos cosas, lo que lógicamente perjudica al acreedor. Al Estado le hace más sencillo pagar las deudas porque la inflación hace que crezcan sus ingresos y sus gastos. Como porcentaje de la producción del país la deuda pesa cada vez menos. Lógicamente el Estado es uno de los protagonistas más importantes a la hora de producirse la inflación. Por ello, decisiones encaminadas a producir inflación pueden ser vistas como una forma de impago encubierto, es decir, se devuelve nominalmente lo mismo que se acordó pero el acreedor podrá adquirir menos con el dinero devuelto por el efecto de la inflación, y además es el propio deudor (el Estado) el que provoca la situación.

Una posibilidad para generar inflación es la de incurrir en déficit público. El déficit público, si impulsa la demanda, puede generar inflación, pero esa vía queda cerrada en el caso de una crisis de deuda pública, porque en eso mismo consiste una crisis de deuda pública, en la extrema dificultad de financiar ese déficit público en los mercados financieros.

Una opción arriesgada para generar inflación es que el banco central tome la decisión de comprar en los mercados los títulos de deuda pública que ha emitido el Estado, para después amortizarlos, de modo que el Estado no tenga que devolver el dinero. Otra posibilidad semejante sería que el banco central suscriba una emisión de deuda por parte del Estado, sin que después el Estado devuelva esa deuda, aunque formalmente exista el compromiso de que la pagará. El resultado es que hay una mayor cantidad de dinero en circulación, porque el banco central paga con dinero de nueva emisión los títulos de deuda pública. El dinero cuando es abundante se abarata. Pero, por definición, el dinero siempre vale uno, los precios de todas las cosas se miden en unidades de dinero. Lo que sucede es que cuando el dinero se abarata, se encarece todo en comparación al dinero. Como todo se paga en dinero, se genera inflación. Esta alternativa puede ser muy peligrosa, porque puede generar una crisis hiperinflacionista, con enormes cifras de inflación que crecen sin parar.

También es posible generar inflación a través de la política cambiaria. Si la moneda nacional vale menos y los precios internacionales no varían, una devaluación o depreciación de la moneda hará que los precios de los productos comercializables internacionalmente suban, por la ley de un solo precio.

Otra posibilidad es que un importante crecimiento del PIB haga que la deuda cada vez represente un menor porcentaje de nuestra renta. En un momento dado puede haber perturbaciones positivas que favorezcan a una economía. Sin embargo, para que crezca de forma sostenida a largo plazo más de lo que esperábamos las posibilidades se restringen mucho. Una es que el entorno internacional sea muy favorable, por ejemplo por la llegada de un tiempo especialmente favorable a la innovación. No se puede confiar mucho en esta vía porque escapa al control de las autoridades que tienen que decidir sobre la deuda pública. Además, las crisis de deuda pública sobrevienen de forma mucho más rápida de lo que crece una economía. Pueden ser cuestión de días. Un mayor crecimiento puede evitar que una economía en riesgo de tener una crisis de la deuda pública llegue a tenerla, pero no a resolverla.

Otra vía es la de implementar reformas que hagan al país más productivo, las llamadas políticas de oferta. No suena mal en principio, porque son medidas que se pueden tomar políticamente, pero se enfrentan a dos dificultades importantes: la complejidad de las medidas y la resistencia que puedan suscitar. Se trata de medidas complejas. Por ejemplo se puede decir que mejorar la educación aportaría capital humano al país. Puede ser cierto, pero ¿cómo mejoramos la educación? Son medidas complejas, que requieren mucho tiempo, tiempo que suele ser mucho más largo que aquel del que se dispone para resolver una crisis de deuda pública. Por lo tanto quien pueda prestar el dinero al Estado deberá creer que esas políticas van a ser satisfactorias sin haberlo visto, es decir, las políticas de oferta han de ser muy creíbles para los inversores. Por otro lado esa medidas pueden suscitar resistencia. Existen pocas medidas económicas que constituyan una mejora en el sentido de Pareto, es decir, reformas en las que pueda ganar alguien sin que nadie resulte perjudicado. Lo normal es que quien resulta perjudicado intente poner todos los medios a su alcance para impedir que la medida se lleve a cabo, y muchas veces con razones muy justificadas. Para obtener la credibilidad necesaria se recurre habitualmente al mecanismo del respaldo de un programa internacional de rescate, en cuyo marco se insertan esas políticas.

En algunos casos existe la posibilidad de recurrir a transferencias internacionales. Las transferencias son movimientos de dinero sin exigir contraprestación a cambio, es decir, sin tener que devolver el dinero, transmitir algún bien o prestar algún servicio a cambio. En el ámbito de las relaciones internacionales el altruísmo puro escasea. La dimensión de este tipo de ayudas suele ser limitada, con lo que normalmente no se llegaría a poder financiar el déficit. Además el país que otorga las ayudas suele exigir algún tipo de condición o ventaja a cambio.

Conclusión

Una crisis de deuda pública puede encontrar diversas vías de solución, pero que de una o de otra manera llevan a duros sacrificios como enfrentarse a inflación, dolorosos recortes o reformas complejas con las que recuperar la credibilidad perdida. Por lo tanto, lo mejor es evitar en la medida de lo posible llegar a una situación de estas características.

 

Acerca de Gonzalo García Abad

Licenciado en Economía con amplio interés en la Fiscalidad, la Contabilidad, las Finanzas y el Derecho.
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